Frio y Fertil
Todos nosotros, sin excepción alguna, estamos contaminados con el germen del mal. Aún recuerdo mi juventud, cuando ignoraba esto; vivía en aquel entonces confiado en que ninguna de las personas más cercanas a mí me traicionaría. Pero, conforme fui creciendo, esta verdad se fue distorsionando como quien destruye los cimientos de su propia casa, no porque así lo quiera, sino porque comprende que, aunque la construya, de nada le servirá; sabe que, a pesar de edificarla, no podrá refugiarse en ella. De esa forma entendí que todo lo que había cultivado —aquellas enseñanzas que mi padre y mi madre, aun con sus propios defectos, impregnaron y moldearon en mi ser— no servía de nada. Porque nadie te prepara para las maldades del ser humano. Ni siquiera el más fuerte de todos los hombres puede prever que la traición no vendrá de un extraño, sino de aquel en quien había depositado su confianza. Ni las leyes te protegen de esto. ¿Quién de todos los hombres, por más sabio que sea, podrá librarse ...